Un libro que os ilumina mucho más allá de la noche: Reseña y reflexiones sobre el libro ¡Que se ilumine la noche! de Gustavo Rodríguez.

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¡Que se ilumine la noche! Refractarios hasta las últimas consecuencias (1), es el título del voluminoso libro (500 páginas) sobre el “génesis, desarrollo y auge” de la Tendencia Informal Anarquista en Méjico, publicado en Santiago de Chile en diciembre de 2013 por Internacional Negra Ediciones. En él se plasman nuevas pautas e interesantes reflexiones que nos brindan, como reza su Preámbulo, “una aproximación al anadamiaje teórico-práctico del nuevo imaginario sedicioso y, una mejor compresión de su accionar frente a las condiciones que impone el actual sistema de dominación y su constante recomposición.” Sin embargo, esta visión contemporánea del anarquismo, para mi sorpresa ha sido curiosamente “censurada” tanto en los medios comerciales como en el ámbito “libertario”. También me sorprende que a 2 años de su publicación esta valiosa herramienta de reflexión anárquica todavía no cuente con una reseña que invite a su lectura imprescindible.

En días recientes, el texto en cuestión, ha comenzado a ser difundido en formato digital por algunos portales anarquistas comprometidos con la práctica contemporánea de las añejas ideas bakunistas. Su autor, Gustavo Rodríguez, de acuerdo al diario mejicano de izquierda La Jornada, es considerado el “ideólogo” e “ impulsor de la tendencia informal anarquista (TIA)”; un conjunto de teorías que según insinúa el periódico mejicano “se han convertido en los lineamientos de algunos anarquistas que, impulsados por la arenga de llevar el caos y la destrucción hasta sus últimas consecuencias, han actuado de manera violenta” (2) por esas tierras. En el mismo artículo, entre calumnias y delaciones evidentes, el articulista de La Jornada insiste en que el autor de ¡Que se ilumine la noche! es “la figura que inspira a individuos y células de este movimiento para cometer actos vandálicos contra objetivos específicos”(3). De igual forma la nota trata de sembrar la desconfianza, asegurando que Gustavo Rodríguez es “considerado integrante de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)”(4).

Quizás las propias declaraciones de Rodríguez, sacadas de contexto en otro artículo publicado por el diario La Jornada, nos aclaren el porqué de la censura de su libro incluso en el ámbito “libertario” y el silencio impuesto a dicho texto:
“…tanto en México como en el resto de Latinoamérica debemos comprender la dimensión real que cobra toda la contaminación ideológica y las influencias del enemigo. La socialdemocracia electorera y la socialdemocracia armada han contagiado a amplios sectores de las luchas con toda su bazofia izquierdista, nacionalista, obrerista y populista, usándonos directa e indirectamente como carne de cañón para sus fines, diametralmente opuestos a nuestros objetivos de destrucción definitiva y liberación total. Librarnos de todas estas debilidades es una tarea inmediata para avanzar cualitativamente y concretar la proyección anárquica”(5).

Y sí, al leer su libro no me queda duda de qué Rodríguez arremete contra griegos y troyanos, lo que evidentemente ha provocado la censura, el silencio y una cobarde campaña de difamación en su contra.

En el Preámbulo (Pág. 9) del libro se puede leer una fuerte crítica sin pelos en lengua que deja muy mal parado a un sector del denominado movimiento anarquista:
“Vilipendiados, estigmatizados, rechazados y hasta traicionados en muchas ocasiones, por un sector del denominado “movimiento anarquista” que insiste (contra natura) en desarrollarse en el marco de la legalidad –acotado a las normas y limosneando “derechos” y “libertades”–, las individualidades anárquicas de praxis y los grupos informales de acción antisistémica que conforman el actual imaginario sedicioso, han tenido que enfrentar, además de los embates de las fuerzas represivas, la condena de sus presuntos compañeros encargados de imponer las reglas de la rebelión “positiva”, con sus tiempos y acomodos, neutralizando esfuerzos y desviando la lucha de sus verdaderos objetivos.” Por tanto, sentencia: “Que proliferen los ataques y descalificaciones contra las propuestas del informalismo sólo es un indicador más de la notable prevalencia de la Tendencia Informal Anarquista y de la puesta en marcha de un nuevo paradigma anárquico que comienza a moverle el suelo a viejas estructuras orgánicas y anquilosados esquemas de actuación” (Pág.15).

En ¡Que se ilumine la noche!, Rodríguez parte de la afirmación de que “la cuestión de fondo sigue estando manifiesta en torno a los principios fundamentales del anarquismo –transversalmente definidos a partir de una crítica radical del Poder y una pertinaz ética de la libertad– y el modelo de organización y acción que conduzca a la anhelada implosión que provoque la ruptura irreversible, que queme todas las naves de retorno, que demuela todos los puentes de regreso, que devaste todos los caminos de vuelta, que facilite el desplome de todo este sistema de muerte y arrase con todo lo existente porque nada de este mundo merece ser rescatado, porque todo él responde a una mentalidad autoritaria” (Pág. 10). Y, por si acaso cabe duda, puntualiza que “Desde la visión rupturista –que invita a pensar un “anarquismo postclásico” capaz de ofrecer nuevos itinerarios– la nefasta ideología de la “lucha armada” sólo puede conducirnos a la dictadura de su vanguardia y al gregarismo más elemental. De ahí el natural distanciamiento y la pertinaz distinción entre “vía armada” y “lucha armada”. La “vía armada”, además de no renunciar a la violencia refractaria como único método factible para confrontar la violencia sistémica, brinda la auspiciosa posibilidad de apuntar las armas contra las ideologías, incluida la ideología de la “lucha armada” (Pp. 23 y 24).

Renunciar a la Revolución

Si por Revolución habremos de entender a aquellos levantamientos insurreccionales generalizados en los cuales el pueblo en armas es capaz de abatir –en lapsos relativamente breves y a pesar de la férrea resistencia de las clases hegemónicas– las estructuras de dominación y las relaciones de privilegio de sus sociedades, para construir inmediatamente, en forma espontánea o previamente programada, un devenir exhaustivamente anárquico, igualitarista y solidario; entonces, no nos quedará más alternativa que renunciar a ella, según el análisis inteligente de Rodríguez.
“Renunciar a la Revolución: he aquí, finalmente, frente a nuestra mirada nostálgica, la tarea teórico-práctica que nos impone tanto la experiencia histórica como nuestra propia y actual secuencia de razonamientos. Lo cual, por supuesto, no implica una pueril e ilógica declaración de paz ni la renuncia a la violencia antisistémica, tampoco constituye el agorero pronóstico de que jamás habrán de producirse acontecimientos sociales que se le parezcan. Sí implica, en cambio, que el anarquismo contemporáneo ya no puede girar en torno a esa idea ni danzar a su influjo, ya no puede sostenerla como piedra de toque de sus prácticas y ya no puede depender exclusivamente de sus eventuales “avances” y de sus hipotéticos “retrocesos”.
Renunciar a la Revolución, además, bien puede ser la oportunidad para abrir un espacio de reflexión sobre las revoluciones: grandes o pequeñas, triunfales o fallidas, amplias o estrechas, abiertas o puntuales, multitudinarias o individuales. En este espacio teórico, las prácticas anárquicas y sus derivaciones sólo podrán evaluarse a partir de sus consecuencias reales e inmediatas y no como escalas de aquel viaje a la Arcadia definitiva en la cual la historia recibiría el homenaje de su punto final.

Ahora, nuestra historia y nuestras revoluciones habrán de conjugarse en tiempo presente y sólo pueden ser intuidas y gozadas en su impertérrita actualidad.

Las revoluciones, a diferencia de la Revolución, ya no podrán disfrutarse por el cálculo de su inminencia ni ser sufridas por su ausencia o su alejamiento sino que sólo podrán ser una constelación de oportunidades y de gestos concretos y capaces de subvertir, siquiera momentáneamente, la lógica del Poder. Más allá de esta referencia elemental, de por sí ampliamente suficiente, las revoluciones anarquistas ya no contarán con ningún catálogo de sacramentos a cumplir sino con una nutrida floración de pecados a perpetrar impulsando esos instantes de caos y Anarquía hasta las últimas consecuencias (Pp. 30 y 31).
Por eso Rodríguez, nos invita a conjeturar que, “si el anarquismo clásico se concibió a sí mismo como un orden social alternativo, el anarquismo contemporáneo sólo puede imaginarse, inversamente, en tanto caos alternativo”. E insta a reflexionar que consideraciones parecidas habría que hacer respecto a la historia, la cual difícilmente puede seguir siendo concebida como la expresión de una racionalidad desplegada en forma lineal y progresiva, de la cual el Comunismo Libertario no sería más que su expresión final. El anarquismo, por lo tanto, no puede ser entendido como si se tratara de un destino sino en tanto manifestación y tensión teórico-práctica de una necesidad subjetiva, de una voluntad individual y colectiva, de un deseo y hasta de un capricho (Pág.31).

Repensar la Anarquía

A lo largo de sus páginas encontraréis un llamado permanente a repensar la Anarquía, a construir una crítica subversiva renovada que nos permita recontextualizar la lucha anárquica acorde a las nuevas condiciones que impone el sistema de dominación contemporáneo:
“Pero, más que en las nuevas configuraciones de la realidad, más que en una forma nueva de pensar, la crítica subversiva renovada del nuevo imaginario sedicioso o de esta suerte de neo-anarquismo que concurrimos, ha de sustanciarse, modelarse y reconocerse –tal como fuera más de un siglo atrás, en los tiempos de Bakunin y sus contemporáneos–en el contexto de las luchas propias de nuestro tiempo, aportando a las mismas sus inconfundibles marcas de “fábrica”. Una vez más, por lo tanto, como en aquel lejano momento de la doble ruptura bakunista, habrá que recrear ese resumen teórico-práctico irrepetible que albergue en su interior las huellas fundamentales de nuestra época: habrá que hacerlo a partir de las circunstancias y las estructuras políticas, económicas y sociales concretas que se abren a una mirada todavía sorprendida por la novedad; habrá que hacerlo atendiendo a un cuadro de conocimientos y sensibilidades que ha trastocado todas las certezas decimonónicas fundamentales; habrá que hacerlo, finalmente y sobre todo, desde las refriegas que hoy se proponen como estigmatización inequívoca del Poder en cualesquiera de sus formas, campos y dimensiones. Todo lo cual, por supuesto, está muchísimo más allá de las posibilidades de este texto, muy por encima de las posibilidades abiertas a partir de inspiraciones solitarias y, en el mejor de los casos, sólo puede ser tarea accesible para una generación en estado de alerta y de reyerta permanente” (Pp. 33 y 34).

Incitando al debate en torno a la extensión de la Anarquía más allá del anarquismo

Por último, nos recalca de manera contundente lo que somos y nos pone a reflexionar a todas sobre la necesaria coherencia entre ideas y acción, exhortándonos a acortar la distancia entre el dicho y el hecho:
“Si la transgresión es, en los términos semánticos más pueriles, la violación de mandatos, leyes y disposiciones, la transgresión propiamente anárquica es algo así como la provocación permanente, deliberada, irreverente, irónica y alevosa frente a los dispositivos, los actos y las seducciones del Poder. Esa transgresión es una ética, madurada en cada gesto beligerante, forjada como descubrimiento y creación de sí mismo, fraguada en tanto insurrección solitaria y acrecida en cuanto conspiración entre afines. Esa transgresión es, también, una estética, en tanto su ejercicio implica el reencantamiento subversivo del mundo, la animación de las cosas y los hechos mediante la creación de sentidos que el Poder vuelve inaccesibles, la fascinación renovada y enamorada de lo imposible. Esa transgresión es, por último, una crítica en actos, una representación de potencialidades refractarias, un juego de desafíos y de flujos, una expresión estrepitosa en cuyo centro resuenan los acordes de la contienda”.
“Si hoy podemos reclamarnos todavía como discípulos avejentados pero aventajados del viejo Bakunin, no podemos menos que abocarnos a replicar aquella doble ruptura originaria, multiplicándola ahora en un espacio de dimensiones considerablemente más complejas”.

Una vez más, habrá que vérselas cara a cara con las figuras de autoridad y con el espíritu de servidumbre que aún pulula, con institucionalidades arcaicas o recién nacidas, con opresiones desembozadas y con mojigaterías irredimibles, con las expresiones más crueles del Poder pero también con su lejana periferia de monjas, notarios, monaguillos y boyscouts.

Será una práctica cargada de sensualidad y de erotismo, donde los valores detonantes se pretenden a sí mismos como una realización inmediata de vida, continuamente puesta en tela de juicio y continuamente sometida al bisturí y al pincel, al cincel y la dinamita” (Pp. 358 y 359).Sin duda un texto muy recomendable e imprescindible para todas aquellas que os consideréis cómplices activas de la Anarquía.

Alicia Elena Inguanzo   30 de julio de 2015.

(1) ¡Que se ilumine la noche! Refractarios hasta las últimas consecuencias”

En: https:// contramadriz.espiv.net/index.php/component/k2/item/471-libro-que-se-ilumine-la-noche-genesis-desarrollo-y-auge-de-la-tendencia-informal-anarquista-en-mexico

(2) http://www.jornada. unam.mx/ultimas/2014/12/04/anticastrista-deportado-del-pais-ideologo-de-anarquistas-560.html

(3) idem

(4) idem

(5) http:// www.jornada.unam.mx/2014/12/05/politica/012n1pol

Tomado de:  https://contramadriz.espiv.net