“Nos hemos comido 824 millones de animales”,  decía un titular. Sólo en el estado español, sólo en un año, 824 millones de individuos habían sido sacrificados para convertirse en comida. Esto sin contar los peces. Tampoco entraban en esta cifra los miles de animales muertos para hacer abrigos, mutilados para fabricar jerséis, utilizados en experimentación, encerrados en zoos y circos para nuestro entretenimiento, torturados y asesinados en las plazas de toros… No entraban aquellos que se crían para ser expuestos en escaparates y satisfacer nuestros caprichos, aquellos que son capturados en el océano al otro lado del mundo para adornar nuestras peceras, aquellos que son aplastados deliberadamente por un pie que los considera demasiado insignificantes para compartir el suelo.
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