Abundancia y escasez en las sociedades primitivas (1977)

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La Guerre Sociale

La Guerre Sociale (1977)

La historia de la humanidad ha sido concebida tradicionalmente como el progreso más o menos continuo en el camino del bienestar y la productividad del trabajo. Bienestar y productividad están ligados porque es del rendimiento del trabajo del que se derivan la cantidad de bienes producidos y también el tiempo libre que nos queda y podemos consagrar a las actividades de ocio y cultura. A medida que aparecen —gracias a los descubrimientos— técnicas, útiles, máquinas más eficaces, mejora la suerte de los hombres.

Así, los tiempos prehistóricos, en los que el hombre se nos presenta desnudo y desarmado ante una naturaleza hostil, no pueden ser más que una época de miseria terrible. Y si a veces nos quejamos de las desgracias de la vida moderna, una ojeada al pasado de la humanidad donde, incluso sin entretenernos demasiado en las hambres y epidemias de la Edad Media, nos sumergimos en la profundidad de las cavernas donde nuestros lejanos antepasados se escondían, debería devolvernos el sentido común y hacernos apreciar mejor nuestras mullidas condiciones de existencia. Imaginemos al hombre de la Edad de piedra. Está ahí, junto a un fuego raquítico, con el vientre vacío y de mal humor, vuelve de una jornada de caza agotadora e infructuosa. Un poco más atrás, ateridos y aterrorizados, la mujer y los niños. No hay que extrañarse de que nuestro hombre —¿se debe considerar a este bruto como a un ser humano?— vuelva con las manos vacías. ¡Cómo podemos imaginar que pueda salir bien parado frente a los terribles mamuts y a los tigres gigantes…! Incluso ha tenido la suerte de no encontrarse con los dinosaurios gigantescos a quienes se los llama desde lo más lejano de las edades y se les hace saltar unas centenas de millones de años para presentar el decorado más verdadero y terrible. ¡Desgraciados los débiles en estas sociedades donde sólo cuentan las relaciones de fuerza! Esos hombres que se aterrorizan entre sí y empujados por el hambre, no vacilan en devorarse unos a otros son a su vez aterrorizados y aplastados por la naturaleza. Sus recursos son la magia y otras prácticas infernales, con las que intentan conjurar a las fuerzas hostiles, y con los que no consiguen más que tener una suerte aún más trágica. Es comprensible que hayan desplegado todo tipo de recursos para intentar escapar a este infierno; aunque podríamos preguntarnos como podía quedarles tiempo y disponibilidad de espíritu para pensar.

Esta visión de las cosas es delirante, tanto cuando es presentada bajo la forma ingenua y gráfica de los manuales escolares o las tiras cómicas, como cuando se lo hace bajo el lenguaje disecado de los sabios. Este mundo de hambre, estos hombres aplastados por la necesidad económica, esta jungla social, este universo de magia, esta era de la supervivencia, no están situados en el momento histórico que les corresponde: no son sino la pantalla sobre la que la sociedad actual proyecta su verdad, verdad que querría hacer pasar por la naturaleza humana misma.

Los primitivos existen todavía (a) en el Gran Norte, en la selva amazónica, en los desiertos australianos. Su modo de vida no corresponde de ninguna manera a esta exposición clásica de la Edad de piedra. Son a menudo remolones y sosegados, tienen confianza en la naturaleza y no han perdido el sentido de comunidad.

Podría pensarse que nos resultó fácil, a partir del estudio de la realidad existente, y no ya de la reconstrucción sobre la base de indicios frágiles, hacerse una idea exacta de la vida prehistórica. Sin embargo no es así. Observaciones variadas y numerosas de los pueblos primitivos han acabado en mentiras, representativas de los prejuicios de occidente, que no reflejan para nada la realidad. Dichas teorías son en general tanto más falsas cuanto más pretensiones científicas tienen. Los relatos más interesantes, justos y graciosos son generalmente los de los misioneros, que aunque intentaban hacerle la moral a los salvajes no se extrañaron de su buena salud a pesar de que habían caracterizado sus condiciones de existencia como “imposibles de vivir”. Después de un primer momento en el que viajeros y pensadores descubren, y a veces se extasían ante costumbres extrañas, va a venir una etapa de suficiencia e imbecilidad erudita: la realidad primitiva debe ser sacrificada en el altar del culto al progreso.

Los prejuicios no tienen sólo su fundamento en la cabeza de los ideólogos, sino que también nacen por condiciones de contacto con los pueblos primitivos dado que los que se encuentran fácilmente son ya víctimas de la civilización. Hay una verdadera dificultad para estimar los recursos de estos territorios extraños y en apariencia desérticos donde evolucionan generalmente los cazadores (b). Los contactos son a menudo breves y superficiales a lo que se agregan las dificultades del idioma. Además, los especialistas, hasta la primera guerra mundial y los estudios de Malinowsky, se contentaban con hacer teorías a partir de los relatos de otros. El interés estaba centrado en los comportamientos mágicoreligiosos, sobre la mitología más que sobre las actividades “productivas” de los indígenas y su relación con la naturaleza. oOo Los humanos no viven peor porque hayan nacido en una época más atrasada o porque dispongan de una tecnología más rudimentaria. Se puede incluso estar tentado de pensar lo contrario. Un ejemplo es significativo, el de los tasady: la población más primitiva que jamás haya sido observada (c) y que ha sido descubierta recientemente cuando vivía completamente aislada del resto de la humanidad en la jungla de Filipinas.

Los tasady ignoran incluso la caza (d), viven simplemente de la recolección y una pesca rudimentaria. Sus útiles no son muy elaborados ya que se contentan con ensamblar piedras y bambúes para hacer hachas.

Y aun así estos súperprimitivos se mofan de la civilización moderna con su felicidad. Como escribe F. de Clozet comentando el informe de los antropólogos: “…los tasady presentan todas las marcas de la felicidad. No de una felicidad auténticamente humana a la que podríamos aspirar, sino de un cierto equilibrio tan difícil de alcanzar en las sociedades industriales. Ignoran igualmente la jerarquía, la desigualdad, la propiedad, la inseguridad, la soledad, las frustraciones. Están perfectamente integrados en su medio natural y pueden sacar de él alimento suficiente trabajando tan solo algunas horas al día.

Su vida social parece estar exenta de antagonismo, tensiones y animosidad. Pasan la mayor parte de su tiempo jugando, charlando o en un ensueño. Y sin embargo esta felicidad, más próxima del animal que del hombre, consigue imponer respeto a los civilizados.

Las fotografías tomadas por los antropólogos muestran a los tasady moliendo el corazón de las palmeras, desenterrando los tubérculos, bañándose en el río, los niños risueños jugando en los árboles. Todas las caras aparecen sonrientes y sosegadas. Singular contraste con el semblante duro de los parisinos en el metro, la frente inquieta de los parados leyendo los anuncios de trabajo, el paso febril de los empleados dejando las oficinas a las cinco y media. ¿En conciencia, tenemos el derecho de “civilizar” a los tasady?

¿Pero cómo no rebelarse contra tal sentimiento? ¿Cómo aceptar que todos los progresos cumplidos desde el paleolítico no nos hayan dado una ventaja decisiva sobre el único plano que cuenta: la felicidad?” (1)

Ya que la técnica lo permite, van a recoger esta imagen de la “felicidad” primitiva en la jungla y difundirla en technicolor. Las revistas como Stern (2) proporcionan a sus lectores, de “semblante duro” y paso “febril”, esta felicidad inaccesible con las fotos como prueba. oOo La mirada o la reflexión simpática, nostálgica y a veces culpabilizada acerca de los primitivos se pone de moda. Pero no es suficiente para una comprensión correcta de su modo de existencia, de sus ventajas y de sus límites. Contiene muchos prejuicios y se reconcilia a menudo con la mitología del buen salvaje, pobre pero feliz, porque sabe contentarse con lo que tiene. La lección sirve para nuestros insaciables y, sin embargo, desgraciados proletarios. El primitivo está puesto como el Otro, aquel que el hombre moderno querría ser, aunque esto no sea muy posible y tampoco, en el fondo, muy deseable. El paleolítico es visto como un modo de existencia diferente y no como un momento de la historia humana. Las explicaciones históricas son, por otra parte, escasas. ¿No es racista acaso colocar al “salvaje” en un escalafón inferior al nuestro en la escala de la evolución?

Cuando la ideología y el modo de vida occidentales, es decir capitalista, están en crisis, cuando la “naturaleza” se vende mejor cuanto más amenazada está y tal vez y sobre todo, cuando los primitivos, que han sido hasta tal punto rechazados y destruidos que, ya no resultan molestos, se puede pasar a su rehabilitación. Esta actitud que acusa al maquinismo, al progreso, a la historia, a lo desmedido (o su mal uso) no hace más que esconder con sus nostalgias al comunismo futuro (e).

“Lo que importa no es el modo de vida de los primitivos, la imagen de la felicidad en la simplicidad, la inocencia, sino la pobreza.” (f) El estudio de los primitivos nos muestra lo que puede ser una cierta forma de equilibrio y armonía social, lo que puede ser la adaptación y la utilización de su medio, lo que puede ser una abundancia que no sea la riqueza burguesa y lo que es un hombre que no sea el hombre económico, el hombre como mercancía. Todo esto no se limita a una cuestión de nivel técnico más o menos rudimentario, de necesidades más o menos limitadas. Nuestro punto de vista es ante todo histórico y ve en el comunismo primitivo como en el comunismo superior, dos momentos a la vez distintos y próximos en la evolución humana. Mostraremos como se aclaran el uno al otro. La caza y la recolección De una manera fundamental, lo que diferencia la actividad productiva del salvaje, de la del asalariado moderno y de las categorías de esclavos que le han precedido, es que, para el primero, la búsqueda de su subsistencia no es sentida como una coacción. No es un medio para ganarse la vida sino parte integrante de su existencia. La caza es tanto un juego como un trabajo (g). Placer o prueba, no es un mal momento del que se intenta huir o reducir, del que uno querría descargarse sobre los otros.

Así, para los indios guayaki: “La caza no es sentida jamás como una carga. Incluso siendo la ocupación casi exclusiva de los hombres, su tarea diaria, es siempre practicada como un “deporte”… La caza es siempre una aventura, a veces arriesgada, pero siempre exaltante. Seguro que es agradable extraer de una colmena la buena miel con su agradable olor o hender una palmera y descubrir el bullicio del delicioso guchu que han dejado en ella los escarabajos. Pero en este caso se sabe todo con anterioridad, no hay misterio, ningún imprevisto: la rutina. Mientras que acosar animales en la selva, mostrarse más astuto que ellos, aproximarse a tiro de arco sin dejar ventilar su presencia, oír el susurro de la flecha en el aire, luego el choque sordo que corta su carrera en el flanco del animal: todos estos son gozos conocidos, muchas veces probados y sin embargo cada vez renovados como si se tratase de la primera caza (h). Los aché no se cansan del bareka. No se les pide otra cosa y es esto lo que piden por encima de todo. Están de este modo, y desde este punto de vista, en paz con ellos mismos.” (3)

Más asombroso es el hecho de que los salvajes consagren relativamente poco tiempo a la búsqueda de alimento. Así, no solamente les gusta lo que hacen, sino que además saben no abusar.

Esto va en contra del punto de vista según el cual la historia se confunde con el aumento de la eficacia productiva. La edad dorada del ocio estaría más bien detrás de nosotros. Si los primitivos no han inventado la civilización y construido pirámides, no es porque el tiempo les faltase sino más probablemente porque no veían ninguna necesidad de ello.

El ocio del que disponen los cazadores es más significativo porque viven en regiones áridas en las que su modo de producción ha sido rechazado por agricultores y colonizadores.

La duración y la intensidad de la actividad de estas poblaciones depende evidentemente de su entorno y su riqueza. Parece sin embargo que los cazadores que habitan territorios muy hostiles al hombre, como los esquimales polares, no son una excepción a la regla. J. Malaurie, que ha vivido con los esquimales de Thule empujados por la necesidad de resistir y forzar a una naturaleza difícil, puede a pesar de ello escribir: “El esquimal duerme en definitiva mucho. Más en invierno que en verano —hiberna como el oso— pero en total mucho, si se considera que la mitad de su existencia se la pasa dormitando y soñando. Si tuviera cifras, diría que solo la otra mitad —y nos sorprenderíamos del poco tiempo ello significa para una población pretendidamente activa— se reparte así: un tercio en polars (visitas), otro tercio en desplazamientos hacia el lugar de caza y el tercio restante en la caza propiamente dicha. La pereza es señal de sabiduría. Es así como una sociedad se protege físicamente contra el agotamiento de una vida dura”.

“Sólo los jóvenes hacen naturalmente excepción a este ritmo de vida equilibrada: una gran parte de su tiempo es estacionalmente ocupada por el impulso sexual; en primavera y verano, corren tras las chicas que acechan de una aldea a otra con los motivos más diversos: pretextos de cazador.” (4) oOo Marshall Sahlins, en La primera sociedad de abundancia (5), se dedica a demostrar, contra los prejuicios en vigor, esta eficacia de la actividad de los primitivos. Se apoya particularmente en dos estudios. Uno sobre los australianos de la Tierra de Arnhem, otro sobre la sección Dobe de los bosquimanos kung. Dichos estudios contienen listas de como emplean el tiempo dichas poblaciones. Esos estudios están confirmados por muchas otras observaciones que muestran que los pueblos más primitivos son también los que consagran más tiempo al esparcimiento y al reposo.

“En el caso de los hombres de la Tierra de Arnhem, refugiados en la maleza, la búsqueda del alimento ocupaba un lugar muy irregular de un día a otro. Se consagraba una media de 4 a 5 horas por persona a la obtención y la preparación del alimento. Dicho de otra manera, no más horas de trabajo que las que produce un trabajador en la industria —cuando está sindicado—. El tiempo consagrado cada día al ocio, es decir al sueño, era desmesurado…”

“Además del poco trabajo que exige la obtención del alimento, hay que subrayar su carácter irregular. La búsqueda de la subsistencia es discontinua. Desde el momento en que se ha recolectado bastante se deja de hacerlo, lo que deja mucho tiempo libre. Estamos frente a una economía con objetivos bien definidos, alcanzados de forma irregular lo que tiene como consecuencia que la ordenanza del trabajo sea también irregular (i). En todo caso más que forzar los límites de las energías humanas y de los recursos naturales, parece que estos australianos se quedan por debajo de las posibilidades económicas efectivas…”

“Añadamos además que la caza y la recolección de los aborígenes de la Tierra de Arnhem no eran cansadoras. El diario del investigador indica que cada uno medía sus esfuerzos; sólo una vez se lee que un cazador estaba “completamente agotado”. Los mismos indígenas no consideraban tampoco que las tareas alimentarias fuesen penosas.”

“No las tienen en absoluto como un trabajo desagradable de la que hay que librarse rápidamente, ni como un mal necesario que se rechaza hasta el último momento. Por otra parte, ciertos australianos, los yir yiront, utilizan el mismo término para designar la obtención de alimento y el juego (j)…”

“Además del tiempo consagrado a las relaciones sociales generales, a las charlas, comadreos (k), etc.(casi siempre entre la realización de dos actividades bien definidas y durante la cocción de los alimentos) se pasaba también algunas horas del día descansando y durmiendo. Cuando los hombres estaban en el campo, dormían por término medio, después del almuerzo, una hora, una hora y media y a veces incluso más. De la misma manera, tenían la costumbre de dormir cuando volvían de pescar o/y cazar, sea apenas llegaban o durante la cocción de la caza. En Hemple Bay, los hombres dormían cuando volvían temprano, pero no lo hacían si volvían luego de las cuatro de la tarde. Cuando se quedaban en el campo todo el día dormían a cada rato, sin olvidar la siesta de después del almuerzo. Cuando las mujeres recolectaban en la selva descansaban, parece ser, más a menudo aun que los hombres. Si se quedaban en el campo todo el día, dormían igualmente a cada rato, a veces mucho”.

“Por su parte, en un excelente estudio, Richard Lee se ha consagrado a la sección Dobe de los bosquimanos kung, vecinos de los nyae-nyae, los mismos a propósito de los cuales Mrs. Marshall ha manifestado importantes reservas en lo que concierne a sus recursos alimentarios. Los dobe se encuentran en una región del Bostwana donde los bosquimanos kung están establecidos desde hace al menos un siglo, aunque las fuerzas de disgregación comienzan a hacerse sentir. (Sin embargo, los dobe conocen el metal desde 1880-1890). El estudio de Lee se extiende a cuatro semanas, en julio-agosto de 1964, en un campamento de estación seca en el que la población se acercaba al efectivo medio (41 individuos). La observación fue hecha en el momento en que, en el ciclo alimentario anual, las condiciones se vuelven menos favorables, debería por tanto proporcionar indicaciones bastante características de las dificultades alimentarias”.

“A pesar de las débiles precipitaciones anuales (de 15 a 25 mm) Lee encontró en la región de los dobe “una abundancia de vegetación sorprendente”. Por lo que los recursos alimentarias de este pueblo eran al mismo tiempo variados y copiosos; en particular, los maggettinuts, de alto valor energético siendo, “tan abundantes que cada año millones de nueces se pudrían por tierra por no ser recogidas”. Los datos relativos al tiempo consagrado a la obtención de alimentos se parecen asombrosamente a los resultados recogidos en Tierra de Arnhem.”

“Una jornada media de caza y recolección de los bosquimanos dobe, alimentaba a 4 ó 5 personas. En una primera aproximación, el bosquimano es un productor de alimentos (l) tan eficaz como el campesino francés de entre guerras (1914-1945) y más eficaz que el campesino americano anterior a 1900. Ciertamente una comparación así es engañosa, pero de hecho es menos engañosa que sorprendente. Sobre el conjunto de la población de bosquimanos libres que Lee ha contactado, el 61% (152 sobre 258) eran efectivamente productores de alimento; los otros eran demasiado jóvenes o demasiado viejos para poder contribuir eficazmente a esta tarea. Así la relación de los productores de alimentos en la población global era de hecho de 3 a 5, ó de 2 a 3. Pero este 65% de la población que trabajaba lo hacía solo el 36% del tiempo. ¡El 35% restante de la población no trabajaba en absoluto!”

“El adulto dobe medio no pasa entonces más que 2,5 días por semana para satisfacer sus necesidades alimentarias y las de las personas que están a su cargo. Supongamos a falta de datos, más detallados que una jornada de trabajo dura 10 horas (esto es sin duda excesivo para lo que denominamos trabajo propiamente dicho, pero de este modo se toma en cuenta el tiempo consagrado a la cocción, la reparación de armas, etc.). Un bosquimano adulto pasaría entonces una media de 25 horas por semana en obtener alimentos. Esto suma 3 horas 45 minutos por día. Esta cifra es asombrosamente próxima de los resultados obtenidos entre los habitantes de la Tierra de Arhem. Lee ha calculado que la producción alimentaria por día y persona era de 2140 calorías durante el período de observación. Notemos que Lee evalúa en 1975 calorías por persona las necesidades de los bosquimanos, teniendo en cuenta el peso medio de los dobe, la naturaleza de sus ocupaciones y la repartición de la población por edad y sexo. Una parte del alimento excedente era probablemente, echado a los perros que consumían los restos de la comida”.

“Estos datos indican que los esfuerzos, a pesar de ser modestos de los bosquimanos kung, bastan de sobra para cubrir sus necesidades alimentarias. Se puede concluir que los bosquimanos no llevan, como a menudo se ha pretendido, una existencia inferior a la normal, en los límites del hambre.”(6) oOo En África, entre los hadzas, que por miedo al trabajo, prefieren no pasar a la agricultura, “solo un porcentaje muy débil de hombres particularmente hábiles para la caza matan a la mayoría de los animales. Muchos de los adultos —pienso que más o menos el 50%— no matan, ni siquiera en promedio, un gran animal por año. La caza no es practicada ni regularmente ni metódicamente. Durante la estación seca, los juegos de azar se suceden prácticamente todo el día sin interrupción y no es raro que nadie vaya a cazar. Durante la estación húmeda, los hombres parten en general todos los días, pero lo hacen más a menudo en busca del hypax que de la caza mayor (Woodburn).” (7)

Hacia 1840, un squatter australiano llegó a preguntarse: “¿cómo hacían estas buenas gentes para pasar el tiempo antes de que mi (su) expedición hubiese venido y les hubiésemos enseñado a fumar..?. Una vez aprendido este arte (…) todo el mundo estaba ocupado: repartían sus horas de ocio entre la preparación y la utilización de pipas y las gestiones para mendigarme tabaco.” (8)

En otro continente, el padre Baird, en su relación de 1616, describía así a los indios micmac (m): “… para gozar a fondo de su “derecho” natural, nuestros silvícolas se van de donde viven disfrutando del placer de peregrinación y paseo; para lo cual disponen de los instrumentos para hacerlo fácilmente y la gran comodidad de sus canoas, que son pequeñas embarcaciones livianas, que se mueven tan rápidamente a remo y que si hay buenas condiciones pueden hacer en un día de treinta a cuarenta millas. No se ve en absoluto a esos salvajes chistar (refunfuñar). Así sus jornadas no son otra cosa que buen pasatiempo. No están nunca apremiados. Muy distinto a nosotros que no sabemos hacer nada sin prisa y opresión.” (9) Alimento, escasez y movilidad ¿Son satisfactorios los resultados de esta actividad reducida o de esta vida indolente? ¿Los primitivos no son las víctimas de su imprevisión y su falta de coraje? ¿No harían mejor en consagrar sus ocios al desarrollo de su bienestar material? Porqué en fin, su vida no es rosa todos los días. Su escasez es conocida. ¿Cómo se explican el canibalismo, el infanticidio y la eliminación de los viejos si no es por la imposibilidad de alimentar todas esas bocas?

Es posible que si los primitivos pudiesen escoger, preferirían la muerte a ciertas coacciones soportadas por los civilizados. La idea de que la vida es el bien supremo y de que deba protegerse a cualquier precio les es extraña. He aquí lo que explica algunas prácticas que, a los ojos occidentales, pueden parecer absolutamente bárbaras. Al mismo tiempo, las actitudes de los civilizados pueden parecer inaceptables a estos salvajes. Se ha visto a indios caníbales protestar contra las condiciones de esclavitud de prisioneros que al principio estaban destinados a la cacerola, pero que habían sido cedidos a blancos humanistas. Grupos de primitivos prefieren suicidarse a conformarse con las condiciones de vida inaceptables que les son impuestas.

No se puede proyectar sobre la actividad de los cazadores una concepción de la utilización del tiempo y el rendimiento que les es extraña y que sería, finalmente, irracional, visto su modo vida. La indolencia puede revelarse como una actitud eficaz: “…este comportamiento apático (de los aborígenes australianos) es, en realidad, una adaptación al medio físico. En todo caso, esta “indolencia” contribuye a mantenerlos en buena forma. En tiempo ordinario, cuando se desplazan, rara vez recorren más de 13 a 19 kilómetros por día, y como “hacen marchas sin apresurarse ni atarearse, evitan los daños del nerviosismo y el calor; en particular, el sufrimiento de la sed que entre los europeos es provocada no sólo por las actividades físicas y los grandes esfuerzos que se imponen, sino también, y sobre todo, por la sensación de falta de seguridad y por la angustia que se deriva de ella”. Además se ponen a buscar alimento y agua “sin apresurarse y sin emocionarse demasiado, tomando mucho antes de tener necesidad”.” (10)

Así, los aborígenes se mantienen en buena salud en las regiones en las que los exploradores occidentales del siglo XIX, a pesar de su equipamiento, tenían mucha dificultad para sobrevivir. De ahí el asombro al encontrar hombres “bellos, bien plantados, la mayor parte barbudos, (…) en buenas condiciones físicas, sobre todo si se tiene en cuenta la existencia miserable y precaria que es la suya.” (11) oOo En la cuestión alimento, los primitivos llegan a obtener cierta abundancia. He aquí lo que escribe Sir G. Grey que recorrió, a principios del siglo XIX, las regiones pobres de Australia: “Un error que se comete muy a menudo, a propósito de los indígenas de Australia, consiste en imaginar que tienen medios de subsistencia reducidos y que, a veces, son vivamente acosados por la falta de alimentos: podría citar muchos ejemplos, casi cómicos, de errores cometidos en este aspecto por los viajeros. Se lamentan en sus diarios, de la suerte de estos desgraciados aborígenes a los que el hambre reduce a la innoble necesidad de tener que sobrevivir comiendo ciertas clases de alimentos encontrados en la proximidad de sus chozas. De hecho, en muchos de los casos, estos alimentos son los mismos a los que los indígenas son más aficionados; y no son insípidos ni desprovistos de valor nutritivo… El capitán Sturt (…) dice en sus Viajes (Tomo. I, pág. 118): “Entre otras cosas, hemos encontrado cierto número de cubetas de corteza todavía llenas de goma de mimosa y, por tierra, numerosas galletas hechas a partir de esta goma. Está claro que estas desgraciadas criaturas estando reducidas a esos recursos, y siendo incapaces de procurarse otros alimentos, se habían encontrado forzados a recoger este alimento mucilaginoso”. La goma de mimosa, a la que hace alusión en estos términos, es un alimento que los indígenas aprecian mucho. Cuando llega la estación de la mimosa, se reúnen en gran número en las planicies de las que el Capitán Sturt nos ha dejado la descripción, para aprovechar la ganga. La abundancia de esta goma permite grandes agrupamientos imposibles en tiempo normal. En efecto, como los indígenas se alimentan de animales y plantas salvajes, estos agrupamientos exigen que una planta esté en plena estación, o que una ballena encalle… De forma general, los indígenas viven bien; en algunas regiones, se da el caso, en ciertos momentos del año, de que el alimento sea insuficiente, pero si tal es el caso, estas regiones son entonces abandonadas. Entre tanto, es absolutamente imposible para un viajero, e incluso para un indígena extraño a una región estimar si esta región ofrece o no una alimentación abundante… Al contrario, si se trata de una región que conoce, el indígena sabe exactamente lo que produce, cuando viene la estación en que los diversos recursos están disponibles y cómo procurárselos lo más cómodamente posible. Según las circunstancias decide hacer sus expediciones a tal o cual región de su territorio de caza; y debo decir que siempre he encontrado una gran abundancia de alimentos en sus chozas.” (12)

A veces se da el caso de que la caza sea infructuosa. Este modo de abastecimiento tiene sus riesgos. ¿Pero acaso la agricultura ha sabido evitar las hambrunas, superar los problemas de articulación entre dos cosechas, no depender de las variaciones climáticas? Al separarse de las condiciones naturales se aumentan los riesgos de inseguridad. Incluso en los momentos difíciles, los cazadores tienen confianza y no piensan en hacer provisiones.

Según Le Jeune, hablando de los indios montagnais (n): “Lo malo es que hacen festines demasiado seguido durante el hambre que estábamos pasando; si mi anfitrión caza dos, tres o cuatro castores, tanto si es temprano por la mañana como si es por la noche se hacía un festín con todos los salvajes vecinos, y si estos últimos habían atrapado algo, hacían lo mismo, de tal manera que saliendo de un festín uno va para otro y a veces a un tercero y un cuarto. Yo les decía que eso no estaba bien y que era mejor reservar los festines para los días siguientes y que así nosotros no estaríamos tan sometidos al hambre, pero ellos se reían de mi, mañana haremos otro festín con lo que cazaremos mañana, pero a veces no cazaban más que frío y viento…

Yo los veía, en sus penas en sus trabajos sufrir con alegría… Me encontré con ellos en una situación de peligro de gran sufrimiento y ellos me decían pasaremos dos días, tal vez tres sin comer, pero a falta de vivir hay que tener coraje. Chihina tenéis que tener el alma dura, resiste a la pena y al trabajo, cuídate de la tristeza, porque de lo contrario te enfermarás, míranos como nosotros no dejamos de reírnos a pesar de que comamos poco.”(13)

Gessain escribe a propósito de los esquimales: “En un mundo, donde las fuerzas del viento y los hielos son tan poderosas, donde las fuerzas de la naturaleza son tan determinantes, ¿no es mejor vivir en la confianza? No es haciendo reservas como se obtienen dones. ¿Demasiadas reservas no sería descortés de cara a estas almas inmortales que en un eterno retorno, ofrecen su cuerpo animal?” (14) oOo En lo que concierne a los bienes no alimentarios los primitivos parecen bastante desprovistos. Pero ¿se lamentan? No lo parece. Descuidan incluso los pocos bienes que han fabricado o que se les ha ofrecido. No tienen sentido de la propiedad. Como escribe Gusinde a propósito de los indios yahgan: “No saben cuidar sus bienes. Nadie piensa nunca en ordenarlos, plegarlos, secarlos, lavarlos o incluso recogerlos de manera ordenada. Si buscan algún objeto en particular, exploran desmadradamente el lío de su canastilla. Los objetos más voluminosos forman un gran montón en la choza: los zarandean en todos sentidos, sin preocuparse de los posibles daños. El observador europeo tiene la sensación de que estos indios no atribuyen importancia a sus utensilios y que han olvidado completamente el esfuerzo que les ha sido necesario para producirlos. A decir verdad, a nadie le importan los pocos bienes que poseen: se pierden a menudo y fácilmente. Pero se los reemplaza con facilidad también. Por todos lados, la preocupación capital y casi exclusiva de cada uno es la de preservar su propia vida, protegerse en la medida de sus posibilidades contra los elementos y apaciguar su hambre. Tales son las preocupaciones esenciales, que relegan al último plano el cuidado de proteger los bienes materiales, por lo que el indio no se atormenta incluso si esto no exige ningún esfuerzo. Un europeo se quedaría estupefacto por la increíble indiferencia de estas gentes que arrastran por un lodo espeso o abandonan a niños y perros, flamantes objetos nuevos, vestidos preciosos, provisiones frescas y artículos de valor. Toman afecto durante algunas horas, por curiosidad, a las cosas preciosas que se les ofrece; después de lo cual, las dejan en forma atolondrada que se deterioren en el lodo y la humedad sin preocuparse más. Viajan tanto más fácil cuanto menos poseen, reemplazando si es necesario lo que se ha estropeado. Se puede pues decir que les es totalmente indiferente la propiedad material.” (15)

Los tasady de Filipinas, lejos de deslumbrarse por las maravillas técnicas que se les hace descubrir, manifiestan escepticismo. Rechazan las telas, las cestas, los arcos que se les ofrecen aunque toman los machetes que les permiten abatir con mayor facilidad las palmeras. No aceptan más que lo que aumenta su eficiencia sin trastornar sus costumbres. Cuando a un grupo de tasady se les ofrece una linterna, la rechazan: eso no permite encender el fuego, dicen. Se les explica que es para ver por la noche, hacen: “oh-ho, oh-ho” y precisan que por la noche, ellos duermen. Llaman al magnetófono “el artefacto que les roba la voz”, sin manifestar temor ni animosidad, sino sobre todo entretenimiento. En su gruta común, sus provisiones y sus útiles para 24 personas son: tres tubos de bambú llenos de agua, tres hachas de piedra. Aceptan los encendedores que les permiten no tener que frotar dos trozos de madera en el musgo seco para encenderlo. Aprenden a hacer trampas para atrapar animales. Pero cuando se les quiere explicar la agricultura, se extrañan de tales propósitos y responden que tienen siempre de que comer en abundancia. Si hay menos, alimentan primero a los niños. Su placer supremo parece ser el sentir correr la lluvia sobre su cuerpo.

Así, nuestros salvajes serían pues pobres, pero contentos de su suerte. Pobres, ¿pero porqué pobres? No renuncian a nada. El medio natural les ofrece el alimento que necesitan y les permite fabricarse sin mucho esfuerzo los objetos que abandonan con facilidad. No viven en la escasez (o).

Como dice Sahlins, su sociedad es la primera sociedad de la abundancia. Si no hacen provisiones, es porque la naturaleza representa un granero inagotable y accesible.

El mérito de Sahlins es el de intentar poner de manifiesto una explicación materialista y global, sin detenerse en los sentimientos de saciedad y confianza de los primitivos. ¿A qué responden las actitudes de los primitivos, cuál es su profunda racionalidad? oOo La riqueza del cazador-recolector está fundada en su movilidad. Es esta movilidad la que le permite combatir la tendencia a los “rendimientos decrecientes”, al desplazarse sin cesar hacia nuevos territorios de subsistencia. Desde esta óptica, se comprende la necesidad de desposesión de los nómadas. La posesión de numerosos objetos les estorbaría. Lo mismo el hacer provisiones. El ahorro no será más o menos útil, sino, en última instancia, nocivo ya que limitaría su libertad de movimientos.

Los objetos son tanto más apreciados cuanto más fáciles son de transportar. “El sentido de propiedad de los murngin está muy poco desarrollado; esto parece ligado al poco interés que manifiestan por el desarrollo de su equipo tecnológico. Estas dos características parecen encontrar su origen en el deseo de librarse de una carga y de la responsabilidad de objetos que estarían en contradicción con la existencia itinerante de su sociedad… El principio que rige la clase de objetos que serán conservados de forma permanente por su propietario, es la facilidad con la que pueden ser transportados por seres humanos o piraguas. Para los murngin, la cantidad de esfuerzo exigida para producirlo contribuye, de cierta manera, a fijar el valor de un objeto como propiedad personal. Igualmente el grado de escasez de un objeto, en la naturaleza o los trueques, interviene en la determinación de los valores económicos de los murngin; pero el criterio decisivo sigue siendo la comodidad de transporte del objeto porque esta sociedad no ha domesticado ninguna bestia de carga. Los recipientes metálicos procedentes de los misioneros blancos por vía de cambio son extremadamente raros y muy apreciados: sin embargo, si tienen grandes dimensiones, serán ofrecidos a alguien que se quede en el campo o seccionados para servir para otros usos. El valor supremo es la libertad de movimiento (Warner).”(16)

Un viajero, Van der Post, constata: “Estábamos mortificados al constatar que no podíamos ofrecer gran cosa a los bosquimanos. Casi todo parecía que iba a volver su vida más difícil, añadiéndose al desbarajuste y al peso que arrastran en sus desplazamientos cotidianos. Ellos mismos no tenían apenas bienes personales: un cinturón, una manta de piel, un morral de cuero. En un instante podían recoger todos sus bienes, envolverlos en sus mantas y transportarlos en su espalda durante mas de 1.500 kilómetros. No tenían sentido de propiedad.” (17)

La explicación basada en la necesidad de ser móvil es esclarecedora. Pero no hay que considerar esta necesidad como una coacción objetiva que vendría a refrenar un sentimiento subjetivo de posesión y acumulación. No hace más que confirmar una actitud espontánea. Los tasady, que estaban tan poco interesados por la adquisición de nuevos útiles, no se desplazaban nunca más allá de tres kilómetros de su lugar permanente de vivienda.

La primera necesidad para que funcionen la caza y la recolecta, es una densidad humana muy débil. La América precolombina estaba habitada solamente por algunos millones de indios. La población de los aborígenes australianos ha sido estimada en 300.000 personas en el siglo XVIII. Bajo una u otra forma, las sociedades paleolíticas obedecen a fuertes presiones demográficas. El tamaño de los grupos debe ser limitado y generalmente se desplazan y utilizan grandes territorios. Es en este contexto donde hay que situar las frecuentes costumbres de infanticidio y eliminación de los viejos. Lo mismo puede decirse de las prácticas de restricción sexual, la poliandria corriente ligada al infanticidio con respecto a las niñas.

Según Sahlins, son los mismos límites los que gobiernan la actitud con respecto a los hombres y los objetos: “Si decimos que se “desembarazan” de los individuos que están a su “cargo”, hay que entender por esto, no la obligación de alimentarlos sino de transportarlos.” (18)

Estos comportamientos no son una consecuencia de la escasez. Sino lo necesario para mantener la eficacia, y por tanto, la abundancia del grupo. Son el resultado de todo un modo de vida en el que la verdadera riqueza es la salud y la capacidad para vivir en función de las actividades necesarias para la subsistencia del grupo.

Retirarse o ser matado cuando uno ya no puede asumirlo, es evidente. Esta dureza con respeto a los inútiles no procede de un egoísmo de los que tienen la fuerza. Numerosos actos de extrema solidaridad, entre cazadores o con respecto al grupo lo desmienten.

El primitivo es tan generoso con su propia vida como con la de los otros. Está dispuesto a arriesgarla, y de hecho, la arriesga cotidianamente para que viva su grupo. Para el individuo de la sociedad burguesa y en primer lugar para el propio proletario, ciertas prácticas de los primitivos parecen de una barbare terrible. Prefieren relegar a sus viejos impotentes al asilo antes que abandonarlo al hielo y la muerte como los esquimales. Porque para él la vida es un bien. ¡El bien supremo! Le interesa tanto más cuanto es más incapaz de vivirla, cuanto más se le escapa. Desde el fondo de su frigorífico mira con horror a los pueblos caníbales, sin ver que él mismo es devorado por la economía antropófaga. De la caza y la recolección a la agricultura ¿Porqué, si estos grupos de cazadores-recolectores son verdaderamente las primeras sociedades de abundancia, no nos hemos quedado en este estadio? ¿Porqué la humanidad se ha metido en la vía de la agricultura y la división en clases? ¿Porqué tener que esperar milenios para “revivir (aunque sea bajo una forma superior) la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gentes? (Morgan).” (19)

En principio, la humanidad no elige el meterse en tal o cual vía. La historia no se hace según la razón. La explicación basada en una especie de tendencia profunda al progreso, la innovación, es insostenible. Existe la explicación “marxista” por el “excedente”. Los progresos de la división del trabajo y la productividad entrañan la aparición de un excedente: una producción de bienes superior a lo que es estrictamente necesario a los que los engendran. Esta producción excedentaria se vuelve un envite y la división social del trabajo lleva, en germen, la división en clases. Una relativa abundancia es pues necesaria, una condición previa al surgimiento de las clases.

Así, sin duda, nuestros cazadores, habiendo adquirido un poco de ocio, el tiempo de reflexionar y fabricar útiles más sofisticados, habrían pasado a la agricultura que permite una explotación más intensiva del medio y, por tanto, una productividad más alta. A partir de aquí, las mejoras técnicas provocarían y reforzarían la dominación de clase que habría podido surgir. No habría más que esperar el momento en el que la riqueza usurpada será tan considerable que podrá ser puesta en común.

Desgraciadamente para los pensadores y felizmente para los salvajes, a éstos no les falta alimento y todavía menos ocio. Sin embargo no aprovechan de ello para acumular un excedente, perfeccionar sus conocimientos técnicos o leer manuales moscovitas sobre la concepción materialista de la historia (p).

El paso a la agricultura puede explicarse sólo por un defecto del paleolítico, por el producto de sus contradicciones o por el impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas que trastornaron las relaciones de producción. No ocurrió a causa de algunos descubrimientos o gracias a las revelaciones de los pasajeros de esos OVNI tan comunes en las explicaciones de Invariance (q). Actualmente, los cazadores-recolectores coexisten con pueblos de agricultores, sin querer apropiarse de su savoir-faire; ¡aunque en ciertas eventualidades se sientan más tentados por su cosecha o su ganado!

El abandono de la caza y la recolección como único recurso, ha dependido de causas fortuitas: variaciones climáticas, baja del rendimiento de la caza, crecimiento demográfico, restricción forzada del territorio de caza…

Pero, la iniciación de la agricultura ¿se debe a un hecho fortuito? ¿Es un hecho sin importancia? Evidentemente no. Si las condiciones que han empujado a tal o cual grupo hacia el cultivo o la ganadería son fortuitas, es que el azar, es aquí el camino de la necesidad, permite a las capacidades de la especie de abrirse paso, afirmarse y vencer. El problema no es el del origen, es el de las condiciones inmediatas que han suscitado tal ruptura; ruptura que no ha sido sentida como tal. Desde el momento en que las capacidades existían, que los conocimientos necesarios surgían a partir mismo de las antiguas condiciones de existencia, era ineluctable que en el curso de miles de años, y entre los miles de grupos humanos, se pasase a la agricultura. El problema es saber porqué ésta ha subsistido y ha triunfado. Se puede concebir que no se trata de la superioridad de un modo de vida con respecto a otro, sino de relaciones de fuerza.

No puede reducirse todo a la oposición entre la caza y la agricultura. La transición no ha tenido porqué ser brusca. Las primeras formas de agricultura son extensivas y pueden conciliarse con el nomadismo. La recolección no está lejos del cultivo en chamicera. Durante mucho tiempo en la historia de la humanidad, la caza y la recolección han seguido siendo una parte importante de la subsistencia de los agricultores: constituyen, en caso de mala cosecha, actividades complementarias o de relevo. Agricultura y aparición de las clases Durante millones de años, los homínidos, pitecantropos, y hombres de Neanderthal han practicado la caza y la recolección con útiles rudimentarios del tipo que continúan utilizando nuestros “modernos” tasady. Las primeras huellas de fogones datan de hace 700.000 años. El paso a la agricultura es muy reciente —algunos miles de años— y está, pues, muy ligado a las capacidades de la especie homo sapiens (aparecida hace aproximadamente 40.000 años, al principio del Paleolítico superior) que es hoy la única especie humana después de la destrucción-absorción del hombre de Neanderthal.

La agricultura llevaba el germen del desarrollo futuro que era absolutamente imposible sobre la base de la caza y la recolección. Implicaba la posibilidad y la necesidad de hacer reservas, de prever… Favorece una permanencia en el hábitat lo que permite una gran estabilidad en las relaciones sociales; se sale del “diletantismo”.

¿Porqué las sociedades agrícolas han podido triunfar sobre las sociedades de cazadores-recolectores? Digamos primero que eso ha llevado muchísimo tiempo. No son los agricultores primitivos los que verdaderamente han amenazado a los cazadores-recolectores. Fueron las sociedades de clase imperialistas antiguas las que los han destruido o rechazado y, hace algunos siglos, el empuje del capitalismo remató este retroceso.

La agricultura permite una explotación mas intensiva del medio, por tanto no una mejor productividad por persona, sino un mayor número de personas sobre un mismo territorio, la constitución de conjuntos sociales más importantes y estables. El hecho de que la agricultura permita una verdadera aparición de un producto conservable, almacenable, transportable, suscita la aparición de explotadores. Ésta es favorecida por la división que tiende a instaurarse entre un agricultor —que cesa automáticamente de ser un guerrero, como el cazador— y los que van a ocuparse de saquearlo o de “defenderlo”.

La relación entre la naturaleza de lo que se produce y el desarrollo de las sociedades de clase no carece de importancia. Los cereales son los pilares de los grandes imperios: trigo en el entorno mediterráneo, arroz en China, maíz para el imperio Inca. Este último impuso el cultivo de maíz en lugar del de los boniatos incluso en regiones que eran menos favorables para dicho cultivo. Esta función de los cereales está ligada por una parte al hecho de que son medibles, almacenables… y por otra parte a los métodos y la sofisticada infraestructura de cultivo que exigen.

La derrota de los cazadores-recolectores era inevitable. Corresponde a la victoria del desarrollo de las fuerzas productivas y la potencialidad de la especie. Pero este determinismo no es un determinismo interno a las sociedades; no corresponde a una ventaja inmediata.

La historia y las formas sociales que se suceden no pueden explicarse sólo por una tendencia espontánea de aumentar la producción del trabajo que utilizaría a partir de las divisiones internas de la sociedad. Como escribe Marx, el trabajo es él mismo un producto histórico elaborado: “El trabajo parece ser una categoría muy simple (…), sin embargo (…) el trabajo es una categoría tan moderna como las relaciones sociales que engendra esta abstracción simple” (Contribución a la crítica de la economía política, 1858-l859). La relación del hombre en su entorno no puede, no más que en el desarrollo de la historia, ser reducida al trabajo, a la evolución de su productividad y a esta tendencia al bienestar que se manifiesta por el aumento de un excedente que es desgraciadamente confiscado. Esta es una visión sacada de la realidad del capitalismo y que se proyecta sobre una época anterior. De un comunismo a otro El estudio de Sahlins, que tiene el mérito de no detenerse en el lado vivido, afectivo, de la realidad, en la concepción del “salvaje” para el cual el trabajo no tiene realidad, muestra que la riqueza del primitivo no es el resultado, el coronamiento, de su actividad “productiva”.

Lo que determina la productividad de la caza y la recolección, el trabajo del primitivo si se quiere, es la relación global que mantiene con su entorno: movilidad, dispersión, cohesión social, control demográfico. El historiador T. Jacob, que desentierra los pitecantropos en Java, después de haber evocado una posible prohibición del incesto tendiente a reforzar la cohesión social, escribe: “(…) podría ser que desde el pleistoceno las familias (r) de pitecantropos hayan practicado voluntariamente la “planificación familiar” a través del infanticidio y el geronticidio a fin de resolver sus problemas económicos. Esta hipótesis debe ser considerada, incluso si preferimos pensar haber inventado nosotros mismos, en el siglo XX, los programas de control de la población mundial.” (20) Esta relación del hombre con su entorno no se reduce forzosamente a una simple utilización sin transformación ni restauración. Los esquimales se cuidan de no destruir demasiado la caza. Así, una vez introducido el fusil, no matan una bestia más que después de haberla arponeado previamente. La grande y rica pradera norteamericana, en la que pastaban los bisontes, es el resultado de la actividad ancestral de los indios americanos para extenderla.

No se puede pretender que el cazador tenga una relación de tipo animal con su entorno. Fabrica y utiliza útiles con una gran habilidad. Habilidad que podrían envidiar muchos obreros taylorizados e intelectuales transistorizados. Sobre todo, tiene un conocimiento extraordinario y amoroso de su medio: “Esto es mi patria. Mi patria me conoce” (21). Lo que le distingue de los animales son ciertos dotes intelectuales, su capacidad para concebir un objeto, para fabricarlo y para representarse su entorno. Elkin describe, después de haber descrito a los aborígenes australianos ejecutando sus útiles de piedra: “Los objetos labrados fabricados por los aborígenes testimonian la habilidad de estos hombres para realizar, de forma perfecta, hasta en los mínimos detalles, los modelos que se representan perfectamente en su pensamiento. Su arte proporciona también la prueba de esta aptitud mental (…) los pequeños indígenas tienden, ellos mismos, a ejecutar de esta manera las acuarelas que se les pide que hagan. Esto era una cosa interesante de observar. En lugar de trazar sobre la hoja de papel los diversos contornos del paisaje que ha elegido representar —la montaña, el valle, el camino y los árboles— y completar este esbozo coloreando cada una de las partes del conjunto, el niño pone todo al mismo tiempo, tanto los detalles como los colores, tanto que el cuadro entero surge de una vez de un lado a otro de la página como si en cierto modo, se lo desenvolviera , y tal como de hecho, lo tenía en el ojo y el espíritu antes de comenzar. El aborigen, que vive de los recursos que le ofrece la tierra, se encuentra en contacto directo y permanente con ella, el aspecto y el relieve del paraje que lo rodea le son familiares hasta tal punto que tiene un conocimiento “fotográfico” de él. Es casi imposible hacernos una idea de esto, porque nuestras condiciones artificiales de vida se oponen a este tipo de percepción de las cosas.” (22)

Seguro que la representación puede ser la enemiga de la imaginación, la seguridad la enemiga del tanteo y por la tanto de la experimentación, pero se está muy lejos del animal en este mundo en que se ejerce verdaderamente una capacidad de abstracción que se manifiesta también en una mitología y unos sistemas de parentesco complejos. Esta forma de ser, esta relación intelectual/sensible con el entorno, supera de hecho la habilidad técnica. Es ella la que hace la fuerza del cazador y le permite mantenerse con vida.

¿Se puede hablar de comunismo primitivo? Algunos han discutido el término, temiendo la confusión entre un pasado y un futuro muy diferentes. Se ha puesto en duda la existencia de la propiedad común, del matrimonio de grupo original tan querido a Engels. Se ha descubierto relaciones de explotación entre viejos y jóvenes, primogénitos y menores, en ciertas sociedades primitivas agrarias; sin ser sociedades de clase, ¿son comunistas?

No se puede ser purista y buscar fronteras absolutas entre sociedades comunistas y sociedades de explotación. Se encuentran muy pronto relaciones de explotación y dominación más o menos afirmadas, más o menos permanentes. ¿El caníbal explota al que devora, al consumir el “trabajo” acumulado en la grasa de su festín: “hay buena plusvalía”? Igualmente en las formas de circulación de los bienes entre los primitivos, se puede encontrar el origen del cambio e incluso formas embrionarias de moneda. Por lo demás, esto no quiere decir que son estas formas las que han engendrado históricamente la economía mercantil, como tampoco la industria moderna ha salido de las manufacturas de tejido incas.

¿La existencia de la propiedad común, del matrimonio de grupo? Es mitología. Una especie de punto cero de la propiedad privada y de la familia. Un estado de indiferenciación que precedería a la diferenciación, la naturaleza original antes de la civilización. oOo Comunismo no significa propiedad común por oposición a la propiedad privada, sino abolición de la propiedad. Y esta abolición no quiere en absoluto decir: relaciones indiferenciadas en que todo pertenece indistintamente a todos. Esto vale tanto para el comunismo moderno como para el pasado. Entre los cazadores-recolectores, las reglas de reparto, de distribución de los productos de la caza son estrictas, no dejan reinar el azar. Se basan en las relaciones de parentesco y eventualmente prohiben a los cazadores comer lo que han matado ellos mismos. Igual para las reglas que prohiben o favorecen las uniones sexuales (23).

El comunismo futuro encontrará, más allá del trabajo y la producción, la relación global de los primitivos con el entorno. Dejará atrás la etapa del homo faber, del hombre que fabrica.

La abundancia de la humanidad primitiva estaba fundada en el mantenimiento de una débil densidad de población. Los pequeños grupos humanos utilizaban su entorno sin transformarlo en profundidad. La humanidad futura será numerosa y eficaz técnicamente. Pero, desembarazada de la competencia y los antagonismos que la atraviesan y la animan, no sumará una multitud de procesos productivos separados, que se traduzcan por evolución incontrolada, inesperada y desastrosa. Cada transformación particular se hará en función de una evolución y un equilibrio globales.

No se tratará tanto de producir, como de participar en la mejora y el enriquecimiento del medio ambiente humano. Cada individuo participará en los esfuerzos y los gozos sin querer y sin tener necesidad de acaparar una parte del patrimonio común. Podrá llevar una existencia de nómada porque en todos sitios estará en su casa. Perderá el sentido de la propiedad, no se aferrará a los objetos, porque no temerá que le falten; no se inquietarán así ni el cuerpo ni el espíritu. No se puede ser libre, seguro, disponible, rico en deseos y posibilidades sin una cierta desposesión personal. Desgraciado burgués que lleva su riqueza como un caparazón sobre su espalda. Y aún más desgraciado proletario que no posee ni el avión ni el yate para transportarse él y sus penates.

No es cosa de confundir pasado y futuro. El retorno al paleolítico no es posible, si se excluye la hipótesis de una liquidación de la casi totalidad de la humanidad y la civilización por una guerra nuclear. No es deseable tampoco. Las costumbres de las sociedades de cazadores-recolectores pueden parecernos crueles; las condiciones de vida, poco confortables; sin embargo lo que distingue verdaderamente esta época de las aspiraciones que ha producido el mundo moderno, es su carácter limitado. Los cazadores se contentan con lo que tienen y se contentan con poco. Las posibilidades son reducidas, el horizonte estrecho, las preocupaciones materialistas. Este modo de vida se revela un tanto soso. Estos potlachs, estas fiestas, estas extravagancias sexuales, son sobre todo el fruto de la imaginación de los viajeros: curas, sabios, comerciantes, que, teniendo pocas posibilidades de comparación, se hacen ilusiones rápidamente. La vida sexual de los esquimales parece más bien como prudente y moderada, incluso si algunos de ellos han tenido que romper el cráneo de algún cura que no quería hacerles la cortesía de follarse a su mujer.

El paso a la agricultura, a las sociedades de clase, al capitalismo, ha sido el modo doloroso para que se desarrollasen las posibilidades de la especie; la deshumanización del trabajo, el medio de acceder a una actividad verdaderamente humana. Ya es tiempo de salir de la prehistoria.