La plenitud de la lucha sin adjetivos

El siguiente texto fue (re) publicado en el libro: No podreis pararnos, La lucha anarquista revolucionaria en Italia, y en su tiempo fue escrito en un contexto especifico tras lo que fue el denominado proceso Marini. Lo publicamos mas que nada por la perspectiva que aporta al actual debate, y para el mayor entendimiento de unas perspectivas insurreccionales anarquicas muy particulares; esto -claro esta- tomandolo en parte, partefuera de su contexto especifico.

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Ha sido difundido en estos días un comunicado proveniente de la cárcel, que probablemente habrá turbado a no pocos compañeros y que reproducimos en estas mismas páginas. A pesar del tono proclamatorio y la ambigüedad de ciertas afirmaciones, nos parece poder excluir la hipótesis de encontrarnos de frente al anuncio de la constitución de una organización armada anarquista. Esto sería ilógico por diversos motivos. Por ejemplo porque desde que el mundo es mundo los grupos armados tienen la sagacidad de explicarse después de haber actuado, y a nosotros no nos suena que la sigla Azzione Rivoluzionaria Combattente haya reivindicado nada. Además, si ciertamente los compañeros firmantes hubiesen constituido una organización armada, su documento sería una explicita autodenuncia de frente a la magistratura, esto antes de haber comenzado la hostilidades. Cosa ésta que si fuese cierta estaría fuera de todo sentido.

Nosotros deducimos entonces que este texto debe ser interpretado como una mera propuesta. Desdichadamente la desdichada forma lingüística con la cual ha estado formulada arriesga de provocar equívocos e incomprensiones que a todos nos interesa evitar. Más simplemente, retenemos que Pippo Stasi y Gregorian Garagin desean invitar al movimiento anarquista a reflexionar sobre los argumentos expuestos por ellos, como la necesidad por parte de los anarquistas de emprender un recorrido de lucha armada y entonces crear una estructura armada específica. Y ya que estos compañeros no han vacilado en afirmar aquello que piensan, esperamos que a ninguno le sentará mal si nosotros hacemos otro tanto.
Como muchas veces hemos tenido modo de decir en las columnas de esta revista, somos decididamente contrarios a cualquier organización armada, incluida una improbable organización armada anarquista. Aquí no se trata de una simple divergencia de visión, sino de una diferencia sustancial radical que va al margen de cualquiera que sea la consideración de oportunidad o contingencia. Somos contrarios a una organización armada hoy, así como lo fuimos ayer, y lo seremos mañana. Y nuestra contrariedad, lo remachamos, no se limita a un desacuerdo formal. No sólo no sostendremos nunca una organización armada, sino que la hacemos frente con una cerrada crítica. Nos opondremos a su constitución y difusión porque la consideramos nuestra enemiga, en cuanto incapaz de generar perspectivas deseables por nosotros. Para nosotros el individuo que insurge, el individuo que se rebela contra este mundo tan angosto para contener sus sueños, no tiene intereses en limitar su propia potencialidad, sino en extenderla al infinito. Sediento de libertad, ávido de experiencias, quien se rebela está en continua bú queda de nuevas afinidades, de nuevos instrumentos con los que fundirse, con los cuales ir al asalto de lo existente para subvertirlo desde sus cimientos. Esto es por lo que la lucha insurreccional debería encontrar estímulo y energía en nuestra capacidad de atiborrar su arsenal con armas siempre nuevas, al margen y contra cualquier especialismo reductivo. Los expertos de las pistolas son como los expertos de los libros, o de las ocupaciones, o de cualquier otro tipo; son aburridos porque hablan siempre y solamente de sí mismos y de su medio predilecto. Y es justo porque nosotros no privilegiamos ningún instrumento respecto a los otros, qué amamos y sostenemos las innumerables acciones realizadas con los medios más dispares, que cotidianamente suceden contra el dominio y sus estructuras. Porque la revuelta es como la poesía: para ser tal debe ser hecha por todos, no por uno solo, por lo demás el más experto. Ahora, en esta lucha insurreccional, la organización armada específica representa la negación, el parásito capaz de envenenar la sangre. Allí donde la insurrección incita al placer y a la realización de cuanto tenemos en el corazón, la organización armada promete sólo sacrificio e ideología.

Allí donde la insurrección exalta la posibilidad del individuo, la organización armada exalta solo la técnica de sus soldados. Allí donde la insurrección considera una pistola o un cartucho de dinamita sólo una de las armas a su disposición, la organización armada la hace la única arma, el único instrumento para utilizar (“Viva la lucha armada”). Allí donde la insurrección mira a generalizarse e invita a todos a participar en su fiesta, la organización armada es por fuerza cerrada y —excepto sus pocos militantes— a los demás no les resta sino el ser sus aficionados. De aquel vasto proyecto que es la subversión de la vida, proyecto que no conoce confines porque busca el envolver la totalidad de la sociedad, la organización armada es capaz de entrever sólo un aspecto marginal —el enfrentamiento militar con el Estado— cambiándolo por el todo. Y también este enfrentamiento, también el ataque armado contra el Estado, pierde cualquier significado liberatorio, cualquier soplo de vida, cuando todo su impulso se reduce a la promoción de un programa y de una sigla que vender en el mercado de la política.

Viceversa, es justo en el anonimato donde cualquier cálculo político desaparece para dejar el puesto a las miles de tensiones y vibraciones individuales, y a su posibilidad de encontrarse, unirse, abandonarse. A quien no tiene mercancías que vender, ¿para qué le sirven las insignias luminosas? Después en cuanto a la “vuelta de tortilla” que se da con aquellas acciones reivindicadas con la A circulada por exponer a todo el movimiento anarquista a las provocaciones de la policía, ésta vendrá sin más compartida por otros anarquistas, aterrorizados con la idea de que alguien pueda venir a tocar a su puerta. Desgraciadamente para ellos y para los compañeros firmatarios del documento, una eventual sigla no resolvería de verdad la situación. Todo lo más, en vez de sospechar de los anarquistas, de haber firmado una acción con la A circulada, la policía sospecharía de que forma parte de tal grupo específico.

Que en los años 70 el movimiento anarquista haya conocido experiencias específicas sobre el modelo combatiente, ésta nos parece una afirmación ligeramente errónea ya que el archipiélago Azione Rivoluzionaria —al cual presumimos que Stasi y Gregorian se refieren— se puede definir “anarquista” sólo a costa de una macroscópica forzatura ideológica. De hecho en A.R. confluyeron compañeros de proveniencias diversas, animados desde el principio por un espíritu libertario y antiestalinista, que por un periodo breve definieron su propia experiencia como anarcocomunista, considerada como la suma de las diversas posiciones de los compañeros. Aquello que por el contrario resulta claro par tantos anarquistas, es que fueron justo las organizaciones armadas, ninguna excluida, las que contribuyeron en aquellos años al aplastamiento de la subversión social. Y esta reflexiones críticas no son de hoy, sino que han sido expresadas por diversos anarquistas en multiples ocasiones de veinte años hacia acá.

No sabemos qué motivos han empujado a Stasi y Gregorian a difundir este escrito. A decir verdad, su propuesta nos parece fuera del mundo, un poco como la retórica usada para la ocasión, que parece salida de los debates que arreciaban en los años 70, contaminando el aire. Más allá de cualquier otra cosa, nos disgusta ver a compañeros aceptar el aut aut (ultimátum n.d.t.) lanzado hoy por el poder (o reformismo o lucha armada) y dejarse llevar al juego bobo del rebote: dado que venimos siendo acusados de pertenecer a una banda armada que no existe, ¿por qué no constituir una de veras? Esto es, esta tentación, esta atracción hacia el envase desechable de la organización armada, es lo que sobre nosotros no ha hecho ningún efecto y no nos cansaremos nunca de criticarla, allá donde se manifieste. La insurrección tiene deseos y razones que nin guna lógica militar podrá nunca comprender.

       La redacción

(Canenero se editaba en la ciudad de Firenze y estaba registrado como suplemento a Anarkiviu)