Celos: Causa y posible cura – Emma Goldman

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Es absolutamente necesario que nos demos cuenta de esto, porque la gente que no deja escapar la noción de que su desventura se debe a la debilidad de sus compañeros, nunca puede superar el odio y la maldad mezquina que constantemente culpa, condena y acosa a aquellos por algo que es inevitable, como parte de sí mismos. Esa gente no llegará a las alturas de una verdadera humanidad al que el bien y el mal, la moral y la inmoralidad, no son sino términos limitados a las emociones humanas en el mar de la vida.

El filosofo del “Más allá del Bien y el Mal”, Nietzsche, en este momento se le ve como el perpetrador del odio nacional y la destrucción de ametralladoras; pero solo los malos lectores y malos alumnos lo interpretan así. “Más allá del Bien y el Mal” significa más allá de la persecución, más allá de juicios, más allá de matar, etc. “Más allá del Bien y el Mal” abre a nuestros ojos a lo más profundo de la afirmación individual combinada con el entendimiento de otros que no son como nosotros, que son diferentes.

Con eso no me refiero al torpe intento de la democracia de regular las complejidades del ser humano a través de la igualdad externa. La visión de “Más allá del Bien y el Mal” apunta a la derecha de uno mismo, a la personalidad de uno. Tales posibilidades no excluyen el dolor del caos de la vida, pero excluyen la rectitud puritana que sienta juicio sobre todos, excepto uno mismo.

Resulta evidente que el más completo radical (y es que hay muchos que no poseen sentido común) debe aplicar este profundo reconocimiento humano de la relación entre el amor y el sexo. Las emociones sexuales y el amor están entre las más intimas, las más sensibles e intensas expresiones de nuestro ser. Están tan relacionadas con los rasgos físicos y psíquicos individuales que cada romance acabaría en un romance independiente como ningún otro. En otras palabras, cada amor es el resultado de las impresiones y características que las dos personas involucradas le dan. Cada relación amorosa debe, por su misma naturaleza, permanecer como un romance privado. Ni el estado, ni la iglesia, ni la moral, ni la gente deben meterse con eso.

Desafortunadamente este no es el caso. La relación más íntima es objeto de prohibiciones, regulaciones y coerciones, sin embargo estos factores externos son absolutamente ajenos al amor, y por lo tanto llevan a eternas contradicciones y conflictos entre el amor y la ley.

El resultado de esto, es que nuestra vida amorosa se mezcla con la corrupción y la degradación. El “Amor Puro” tan aclamado por los poetas, es hoy en día matrimonio, divorcio y disputas, de seguro un raro espécimen. Con el dinero, estatus social y posiciones como criterios para el amor, la prostitución es inevitable, incluso si se cubre con un manto de legitimidad y moralidad.

El mal más prevaleciente de nuestra mutilada vida amorosa son los celos, a veces descritos como “El Monstruo de Ojos Verdes” que miente, engaña, traiciona y mata. La noción popular es que los celos son innatos y por lo tanto no se pueden erradicar del corazón humano. Esta idea es conveniente para aquellos que carecen de la habilidad y la astucia para profundizar en la causa y el efecto.

Angustia por un amor perdido, por el hilo roto que le daba continuidad del amor. El dolor emocional ha inspirado las más sublimes palabras, profundos puntos de vista y la exaltación poética de un Byron, Shelley, Heine y otros de su tipo. ¿Pero alguien podrá comparar este dolor con lo que comúnmente se llama celos? Son tan diferentes como la sabiduría y la estupidez. Como el refinamiento y la tosquedad. Como la dignidad y la coerción brutal. Los celos son lo opuesto al entendimiento, a la simpatía, a un sentimiento de generosidad. Los celos no le aportan nada al individuo, no lo hace grande y fino. Lo que hace es cegarlo con ira, atormentarlo con sospechas y herirlo con envidia.

Celos, las contorsiones de lo que vemos en las comedias y tragedias matrimoniales, son invariablemente de un solo bando, intolerantes acusadores, convencidos de su propia rectitud y de la maldad, crueldad y culpa de sus victimas. Los celos no intentan entender, su deseo es castigar, tan severamente como les sea posible. Esta noción está incorporada en el código de honor, representada como un duelo o una ley no escrita. Un código que sostiene que la seducción de una mujer debe ser expiada con la muerte del seductor, incluso donde la seducción no tuvo lugar. Donde ambos han cedido voluntariamente a la tentación más profunda, el honor solo se restaura cuando hay sangre derramada, sea la de él o la de ella.

Los celos están obsesionados con la posesión y la venganza. Están acorde con todas las leyes punitivas sobre los estatutos que se adhieren a la barbárica noción de que una ofensa, que es a menudo simplemente el resultado de los males sociales, debe ser adecuadamente castigada o vengada.

Se puede encontrar una fuerte discusión contra los celos en los escritos de historiadores como Reclus, Morgan y otros, como en las relaciones sexuales entre la gente primitiva. Cualquiera que esté familiarizado con sus trabajos sabe que la monogamia es una versión tardía del sexo que tuvo lugar gracias a la domesticación y apropiación de la mujer, lo que ha creado un monopolio sexual y la inevitable sensación de celos.

En el pasado, cuando los hombres y mujeres se entremezclaban unos con otros sin la intervención de leyes ni moral, no podía haber celos, porque el principio se basa en la presunción de que el hombre tiene un monopolio sexual sobre cierta mujer y vice-versa. En el momento en que alguien se atreve a ir mas allá de este recinto sagrado, los celos estarán al alza. Bajo estas circunstancias es ridículo decir que los celos son perfectamente naturales. De hecho, es el resultado artificial de una causa artificial, más nada.

Desafortunadamente, no son solo los matrimonios conservadores los que están saturados con esta noción del sexo monopolizado; las llamadas uniones libres también son victimas. Podría decirse que esta es otra prueba más de que los celos son un rasgo innato. Pero debe tenerse en cuenta que el sexo monopolizado ha sido transmitido de generación en generación y se ha plasmado como la base de la pureza de la familia y del hogar. Y justo cuando la iglesia y el estado vieron el sexo monopolizado como la única forma de asegurar los lazos maritales, ambos han justificado los celos como su una legítima de defensa para la protección del derecho de propiedad.

Ahora, mientras la mayoría de la gente ha superado la legalidad del sexo monopolizado, pero no ha superado sus hábitos y tradiciones. Por eso, han sido tan cegados por el “Monstruo de Ojos Verdes” como sus vecinos conservadores al momento en que sus posesiones están en juego.

Un hombre o mujer lo suficientemente libre y maduro para no interferir ni armar un alboroto por las atracciones externas de la pareja seguro será despreciado por sus amigos conservadores y ridiculizado por los más radicales. Será llamado degenerado o cobarde; con mucha frecuencia se le imputaran motivos materiales menores. Estos hombres y mujeres serán objeto de chismes y chistes de mal gusto por el solo hecho de que le conceden a sus esposas, esposos o amantes, derechos sobre sus propios cuerpos y expresiones emocionales sin montar escenas celosas ni amenazas de muerte al intruso.

Hay otros factores que influyen en los celos: La vanidad del hombre y la envidia de la mujer. El hombre, en materia de sexo, es un impostor, un fanfarrón, que siempre se jacta de sus hazañas y éxitos con las mujeres. Insiste en adoptar el papel de conquistador, ya que se le ha dicho que la mujer quiere ser conquistada, que les gusta ser seducidas. Haciéndole sentir como el único huevo en el granero, o el toro que debe chocar los cuernos con otro para ganar a la vaca, su vanidad y arrogancia se sienten heridos de muerte en el momento en que un rival aparece en escena, que aun entre los llamados hombres refinados, continua siendo el amor sexual de la mujer, que debe pertenecer solo a un amo.

En otras palabras, el casi extinto monopolio sexual junto con la irreverente vanidad del hombre en 99 casos de 100 son los antecedentes de los celos.

En el caso de la mujer, el miedo económico de ellas y sus niños y la penosa envidia hacia otras mujeres que obtienen gracia en los ojos de su acompañante, invariablemente crea celos. En justicia a las mujeres, desde hace siglos, la atracción física era su única carta sobre la mesa, por eso, necesita envidiar el encanto y valor de otras mujeres que amenazan quedarse con su propiedad preciada.

Lo más grotesco de todo es que hombres y mujeres pueden llegar a ser violentamente celosos de aquellos quienes no les importan. No es el amor ultrajado, sino la envidia y vanidad los que se pronuncian contra este “terrible mal”. Y es probable que la mujer nunca haya amado al hombre del que ahora sospecha y espía. Probablemente ella nunca ha hecho un esfuerzo por mantener ese amor. Pero en el momento en que un competidor aparece, ella empieza a valorar su propiedad sexual para defender lo que de otra forma seria vil y cruel.

Obviamente, los celos no son un resultado del amor. De hecho, si fuese posible investigar muchos casos de celos, seria muy probable encontrar que mientras menos gente esta imbuida en un gran amor más violento y competitivo serán los celos. Dos personas unidas por una armonía interna no tienen miedo ni pretenden perjudicar la confianza mutua y la seguridad que se tienen si uno u otro tiene atracciones externas, y sus relaciones no terminaran en una vil enemistad, como pasa con mucha gente. No serán capaces, ni se esperará, que acepten la elección de su pareja en la intimidad de sus vidas, pero eso no le da a ninguno el derecho de negar la necesidad de la atracción.

Como discutiré la variedad y la monogamia en dos semanas, no hablaré sobre eso aquí, solo diré que ver a personas que aman a más de una persona como perversos y anormales es ser muy ignorante. Ya he discutido varias causas de los celos a las que debo agregar la institución del matrimonio, que la Iglesia y el Estado proclaman como “Lo que los une hasta que la muerte los separe”. Esto es aceptado como el modo más ético de vivir y de hacer las cosas.

Con el amor, en todas sus variantes y cambios, encadenado y estrecho, no es de extrañar que los celos surgieran. Que más que maldad, sospechas y rencor pueden surgir cuando un hombre y una mujer son oficialmente unidos con “De ahora en adelante son uno en cuerpo y alma”. Solo vean a cualquier pareja unida de esa manera. Dependiendo uno del otro para cada pensamiento y sensación, sin intereses ni deseos individuales, y pregúntate a ti mismo si esa relación no se tornará odiosa e insoportable con el tiempo.

De una manera u otra las cadenas se cortan, y como las circunstancias que llevaron a esto son bajas y denigrantes, no sorprende que se saque a relucir las características y motivaciones más mezquinas y perversas del ser humano.

En otras palabras, la intervención legal, religiosa y moral son los padres de nuestra innatural vida sexual y amorosa, y de eso es que los celos se han ido alimentando. Es el látigo que castiga y tortura a los pobres mortales por su estupidez, ignorancia y prejuicios.

Pero nadie necesita justificarse a si mismo por ser una víctima de estas condiciones. Es muy cierto que todos caemos bajo el peso de inicuos acuerdos sociales bajo coerción y ceguera moral. Pero no somos individuos conscientes, ¿De quién es el deber de llevar verdad y justicia a los asuntos humanos? La teoría de que el hombre es un producto de estas condiciones ha llevado solo a la indiferencia y a una lenta aceptación de estas condiciones. Aun así, todo el mundo sabe que la adaptación a un modo de vida injusto y no saludable solo fortalece ambas cosas, mientras el hombre, el así llamado “Corona de la Creación”, equipado con la habilidad de pensar y ver por encima de todo para emplear sus poderes de iniciativa, se debilita, se vuelve más pasivo, más fatalista.

No hay nada más terrible y fatal que profundizar en las entrañas de nuestros seres queridos y de uno mismo. Solo ayudará a romper los delgados hilos de afecto que aun hay en la relación y finalmente nos llevara hasta el último surco, que es lo que los celos intentan prevenir, la aniquilación del amor, la amistad y el respeto.

Los celos son un medio inútil para preservar el amor, pero es un medio bastante útil para destruir el respeto hacia nosotros mismos. Para la gente celosa, como los adictos, es llegar a lo más bajo y al final solo inspiran asco y desgracia.

La angustia por la pérdida de un amor o un amor no correspondido entre la gente que es capaz de tener finos pensamientos no volverá tosca a esa persona. Aquellos que son sensibles y delicados solo tienen que preguntarse a simismos si pueden tolerar una relación obligatoria y un enfático NO se obtendría como respuesta. Pero mucha gente sigue viviendo cerca del otro, aunque hace tiempo dejaron de vivir juntos–una vida lo suficientemente fértil para las operaciones de los celos, cuyos métodos van desde abrir la correspondencia privada hasta el asesinato. Comparado con estos horrores, el adulterio abierto parece un acto de coraje y liberación.

Un fuerte escudo contra las vulgaridades de los celos es que el hombre y la mujer no son uno en cuerpo y espíritu. Son dos seres humanos con diferentes temperamentos, sentimientos y emociones. Cada uno es un pequeño cosmos de si mismo, envuelto en sus propios pensamientos e ideas. Sería glorioso y poético si estos dos mundos se fusionaran en libertad e igualdad. Incluso si esto dura poco tiempo valdría la pena. Pero el momento en que estos dos mundos son forzados a estar juntos, toda la belleza y fragancias no dejan más que hojas muertas. Quien entienda esto tendrá en cuenta que los celos están dentro y no les permitirá cargar con una espada de Damocles sobre él.

Todos los amantes hacen bien en dejar las puertas de su amor bien abiertas. Cuando el amor pueda ir y venir sin miedo a encontrarse con un perro guardián, los celos rara vez crecerán porque aprenderá que donde no hay llaves ni candados no hay lugar para sospechas y desconfianza. Dos elementos que hacen que los celos prosperen.

–Manuscritos y Archivos de la División La Biblioteca Pública de Nueva Yor Astor, Lenox y Tilden Fundaciones.